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Tras el rastro del veneno que abatió a Granados Chapa

Marco Lara Klahr.

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El miércoles, con Alfredo Rivera Flores, autor del clásico del periodismo ciudadano La Sosa Nostra: porrismo y gobierno coludidos en Hidalgo (2004) y amigo queridísimo de Miguel Ángel Granados Chapa por más de medio siglo, hablamos durante el desayuno del libro que este escribía sobre Manuel Buendía en los tiempos previos a su muerte.

Alfredo me platicó que era una biografía, que había quedado inconclusa y que Tomás Granados Salinas, hijo de Miguel Ángel, estaba revisándola y valorando su publicación, ya comprometida hace tiempo con Random House Mondadori.

Mientras comíamos, por la tarde, Mario Ávila, que conduce los noticieros matutinos de fin de semana en Radio Fórmula, me dio un ejemplar del número 5 de Al Tanto, la nueva y cuidada revista que dirige con Mayté Noriega. Al hojearla, me sorprendió hallar en la página 78 la imagen del libro Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, ¡de Miguel Ángel Granados Chapa!, editado por Grijalbo.

Al lado de la imagen del volumen [que reproduzco aquí], en cuya portada virada en rojo predomina una fotografía de Buendía, la reseña explica que Miguel Ángel «habla de la formación del columnista y el profundo malestar que provocaban sus revelaciones periodísticas entre los poderosos». Y que «En uno de los capítulos... el autor analiza el asesinato de Buendía desde elLibro_Buendia momento en el que ocurrió hasta la aprehensión de los responsables...».

El viernes llamé a Andrés Ramírez, director editorial de Random House Mondadori, para saber cuándo se presentaría Buendía. El primer asesinato de la narcopolítica en México, y al menos conocer el índice. «Eso nadie lo sabe, es un misterio», fue su respuesta.

Le dije que tenía ante mí justo la foto del libro publicada por Al Tanto. Me respondió que esa imagen provenía de pruebas de material promocional de un libro que en realidad Miguel Ángel nunca entregó, pues a los pocos días de pedir a la editorial una semana más de prórroga, fue hospitalizado y murió, el 16 de octubre. También me confirmó que Tomás estaba revisando el original inconcluso.

Siguiendo el mismo rastro, por lo noche telefoneé a Tomás. Me platicó que habitualmente, como respaldo de seguridad, su padre le enviaba a una cuenta de correo electrónico los avances de su biografía sobre Buendía, «entonces fui leyéndolos sobre la marcha; él me los mandaba para conservar una copia, pero yo, de metiche, los leía».

De ese modo leyó unas 100 páginas y, tras la muerte de Miguel Ángel, hizo una revisión superficial del texto –contenido en un archivo de Word– y «mi impresión es que faltó solo un capítulo, el fundamental, el que se referiría al homicidio de Manuel Buendía».

Respecto del contenido general, me dijo que es un volumen «cien por ciento biográfico; seis o siete capítulos están dedicados a la biografía de Buendía hasta el momento de su asesinato y lo que ha sucedido con [José Antonio] Zorrilla», y está basado en una bibliografía exhaustiva y «conversaciones personales, tanto entre ellos, como con diversos amigos»; son páginas «muy jugosas, son el principal atractivo del libro».

¿Completará la parte que dejó inconclusa su padre? ¿Corregirá el original? ¿Lo entregará a la editorial? ¿Cuándo? Tomás me respondió que en diciembre próximo terminará de revisarlo y tomará la decisión de publicarlo tras hablar con sus hermanos. Aparte, que aunque «resulta un despropósito un libro sobre Buendía sin abordar la parte del asesinato», el original «se publicaría como está, prácticamente».

Poco antes de hablar con Tomás lo hice con Guadalupe Bringas, la periodista y activista que trabajó durante década con Miguel Ángel. Su respuesta acerca del contenido del libro sobre Buendía fue que aquel lo escribía en su casa, de modo que ella desconocía absolutamente el contenido, aunque sabía que, en efecto, ahora Tomás estaba revisándolo y valorando si lo entregaría a la editorial; y lo más admirable, que Miguel Ángel estaba tan empeñado en terminarlo, dominado por ese veneno de documentar que nos va matando a los reporteros, «que fue lo que lo agotó; trabajó demasiado, mucho más allá de lo que debía, y eso lo llevó al hospital», donde al cabo murió.

De madrugada me fui a las páginas de Ejercicio periodístico (1987) donde aparece el poema de Manuel Buendía cuyos fragmentos seleccionados enseguida cuadran con la venenosa obsesión reporteril de Miguel Ángel por terminar la biografía al mismo tiempo y no obstante que el cáncer terminaba con él:

«No me dejes morir / con los pies desnudos / descansando en la suave hierba / que nace en la otra orilla. / No quiero morir contemplando / con mansedumbre el río. / Prefiero ahogarme en el intento / de remar hacia el principio secreto / de las aguas. / Sólo por saber / cuánto soportan mis brazos / y en qué momento ya no soy capaz / de sostener los remos / que han de parecer fusiles. Quisiera derrumbarme / al doblar la esquina / rumbo a la máquina de escribir / después de haber hollado / el pavimento cálido / con mis zapatos de reportero».

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