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¿Quién se está haciendo el payasito?

Sábado 21 de mayo de 2011

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Luisa Jimena Riva Palacio, Zyanya Zavaleta, Marcela Vargas Reynoso, Nelly Marina Elizalde, Omar Villareal Villalbazo.

Alumnos de un proyecto de la Fundación MEPI y el Tecnológico de Monterrey, campus ciudad de México

El reloj de la estación marca las 11 de la noche y ahí, de pie, la pequeña Alizeé y su madre continúan con su show de payasos.

Tres chistes y un incipiente malabar forman parte de su presentación itinerante. Tienen labios pintados de rojo y la cara blanca. La capa de polvo que cubre la frente de la niña chorrea por el sudor.

La pequeña toma con su mano derecha uno de los postes de metal en un camión de la Línea 2 del Metrobús. Se cierran las puertas. La presentación estelar está por iniciar. Madre e hija se preparan. Una voz infantil se escucha en el interior del autobús.

Es la de Alizeé:

—¿Qué le dijo un semáforo a otro semáforo?

—Voltéate, que me estoy cambiando.

Algunos pasajeros voltean a ver a la pequeña y a su madre, la mayoría las ignora. A pesar del esfuerzo, el silencio regresa al interior del autobús. El único ruido es ahora el de las puertas que se abren en el paradero de Balderas.

Pocos reaccionan ante el chiste de Alizeé, quien ríe sola, alzándose un poco la falda de su descolorido vestido rojo con bolitas blancas de Mimí, la ratoncita coqueta que pretende captar la atención de los viajeros.

Unos tenis negros, sucios, con agujetas desabrochadas completan su vestimenta. Es un poco tarde para tocar los corazones de los pasajeros que lucen rostros grises de cansancio en este viernes de quincena.

A pesar de eso, los pasajeros no dan mucho. Tres pesos con 70 centavos han recaudado luego de permanecer casi cuatro horas de pie en el estrecho Metrobús que une Tenayuca con la estación Etiopía. Son las diez con treinta y cinco minutos. Alizeé suspira y ve a su alrededor, esperando que alguien reaccione. Su mamá pide que colaboren haciendo sonar una lata de refresco partida a la mitad, la alcancía que recauda el esfuerzo de la jornada laboral.

Pero es inútil. Sus rostros pintados y sus vestuarios las hacen ver como un par de fantasmas, invisibles ante los viajeros adormecidos.

Cada día que Alizeé y millones de otros niños salen a trabajar se violan convenios nacionales e internacionales. El artículo 123 de la Constitución Mexicana prohíbe que personas menores de 14 años trabajen. También el convenio 182 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que México firmó en 1999, menciona que el Estado debe asegurar que los niños “no tengan trabajo forzoso u obligatorio”. También exige a las autoridades que protejan a los niños de labores “que, por su naturaleza o por las condiciones en que se llevan a cabo, es probable que dañen la salud, la seguridad o incluso la moral de los niños”.

Cerca de cuatro millones de niños y niñas —uno de cada cuatro en todo el país— trabajan cada día, según datos del Censo de Población y Vivienda 2010. México figura en la lista de los 10 países latinoamericanos con mayor número de menores trabajadores, de acuerdo con el Segundo Congreso Nacional para Erradicar la Explotación Infantil 2010.

En el Distrito Federal, la suerte de niñas y niños como Alizeé son preocupación de nadie. El gobierno de la delegación Iztacalco, donde vive la pequeña payasita con su familia, no tiene ningún programa que les ayude. Aun los encargados de la Subdirección del Área Jurídica de dicha demarcación se encogen de hombros a la pregunta de si los derechos de Alizeé son violados cada día que trabaja. “Véalo con Cendis (Centros de Desarrollo Infantil del Frente Popular Tierra y Libertad) o grupos vulnerables, o mejor con los de Fomento Económico”, contestan.

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Ni el Estado, ni Santa Claus

Nelly, mamá de Alizeé, es una mujer de unos 30 años. Aun trabajando toda la semana no consigue suficiente dinero para mantener a la niña y a sus dos hermanos. El mayor tiene síndrome de Asperger, un trastorno que se ve en seis de cada mil niños que nacen vivos y que provoca retrasos mentales y emocionales. Alizeé tiene suerte.

Estadísticas del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) indican que cerca de un millón y medio de pequeños que realizan algún trabajo no asisten a la escuela.

Alizeé tiene cinco años y el jardín de niños le queda cerca de su casa, en la colonia Granjas México, cerca de donde guardan los camiones recolectores de basura de la delegación Iztacalco.

Sin embargo, la niña casi siempre llega tarde. Cuando su maestra pregunta por ella, su madre contesta de modo escurridizo. “Pues discúlpeme maestra, es que llegamos tarde de trabajar y la verdad nos quedamos dormidas”, expresa mientras aún termina de abrochar la agujeta de los zapatos sucios de Alizeé. No se le conoce padre, y su situación precaria la ha marginado de sus otros compañeros de clase: chicos, como ella, de bajo perfil económico; hijos de albañiles, marchantes o ambulantes. Pero ninguno trabaja tanto como la pequeña Alizeé.

Alma, la joven profesora del kínder, se enteró por casualidad de la actividad que ocupa a su alumna hasta la medianoche, siete días a la semana. Ahora entiende por qué la niña falta a clase, y por qué llega sucia, tarde y sin energía para participar en las discusiones.

“Huele mal”, dice Ana Valeria, una niña unos centímetros más alta que Alizeé, quien frunce su nariz con desdén mientras observa a su compañera de clase vestida con un traje de Mimí, descolorido y sucio. Ella, con su uniforme limpio de falda gris y camisa blanca bien planchada, no tiene que trabajar.

Su mamá vende comida en una esquina del barrio de San Pedro, y le da lo necesario para asistir a la escuela.

Alizeé, en cambio, no usa uniforme, pues tiene que ir a trabajar después de clases. “Eso ya es un problema para la niña”, dice la profesora, una chica que cursa una carrera universitaria.

Alma entiende la situación de la madre por deducción. Cuando en la escuela le piden dinero para comprar libros o para los eventos, paga con la morralla que guarda en un viejo monedero. “Es el dinero que recoge diario en el Metrobús”, dice la maestra de sonrisa amable.

Frente a sus compañeros, Alizeé no cuenta que es “payasito”, y que tiene que dar funciones cada 30 minutos frente a decenas de personas en el Metrobús. “Diles por qué llegas tarde, para que entiendan”, le aconseja su profesora. La niña se sonroja y regresa a su asiento. Quizá piense que los niños no van a entender y en todo caso opta por ser invisible.

Emocionalmente es más madura que sus compañeros. Durante una clase, se queda sentada en el suelo junto a los otros niños, observando atenta con sus ojos negros. Santa Claus no la visita porque es pobre, según le ha explicado a la profesora. “Eso me ha dicho mi mamá”, asegura la niña. A sus cinco años tiene muy claro que su situación económica es peor que la de sus compañeros de clase.

La psicóloga Irma Gómez, del Hospital General de México, asegura que los niños que viven situaciones como la de Alizeé desarrollan sentimientos de inferioridad, de minusvalía, de resentimiento social. Ante la falta de oportunidades, explica la especialista, “quedan rezagados y sujetos a un alto riesgo de violencia social”.

Casi 100 mil menores trabajan en la ciudad de México, de acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE 2010). Pero el creciente problema no es por falta de recursos. El Distrito Federal adjudica unos 2 mil 400 millones de pesos para la protección de niños, madres solteras y familias en situaciones precarias. Si ese dinero se ocupara para mantener a niñas y niños que trabajan en la calle, a cada uno corresponderían unos 30 mil pesos al año.

Cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señalan que México se encuentra entre los cinco países que destinan la menor cantidad de su Producto Interno Bruto (PIB) al apoyo de familias con niños. La OCDE señala que la suma total no llega a los 40 mil pesos anuales por niño. El promedio entre los 34 países miembros de la organización es siete veces mayor, es decir, 274 mil pesos anuales.

Programas que no funcionan

Alizeé trabaja en horas en que la mayoría de los niños de su edad están dormidos, lo que, de acuerdo con la OIT, viola sus derechos. Pero en México, a diferencia de otros países donde existen programas que protegen los derechos de los menores, no se toman las medidas adecuadas. En Estados Unidos, por ejemplo, cualquier persona que conociera la situación de una niña payaso podría presentar una denuncia ante el Servicio de Protección de los Niños (CPS, por sus siglas en inglés). Los oficiales del programa suelen retirar la potestad a la familia hasta que ésta cumpla con los requisitos mínimos para que el menor se desarrolle en un ambiente sano. En 2009, el CPS atendió y resolvió un total de 164 mil casos, sólo en el estado de Nueva York.

En México, Juan Martín Pérez García, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), comenta que “la pregunta no es qué hacemos para que esta niña no tenga que trabajar en la calle con su mamá, sino preguntarnos cómo hacer que toda la familia completa no tenga que sobrevivir en la calle”. Además, el experto señala que por lo general, la visión desde fuera es qué familia tan grotesca y extraña; qué madre lleva a su niña a la calle y la expone”, dice en tono de reprobación. “Pero desde dentro, ésta es una forma de protección lógica; son familias que están tan marginadas que no tienen dónde dejar a sus hijos con tranquilidad, y la mejor forma de protegerlos es llevarlos con ellos”, asegura.

Asimismo, la Secretaría de Educación Pública tiene un programa para dar atención a niños en situaciones precarias, coordinado por el Centro de Atención Psicopedagógica de Educación Preescolar (CAPEP). Bajo este programa, cada escuela tiene un especialista que vigila la situación de cada niño.

Para Alizeé, ha fallado. “La psicóloga no viene”, explica Alma. “Y aun si viniera, no ofrecería ningún alivio. Durante la última sesión, dijo sobre las horas de trabajo que Alizeé tiene que soportar: ‘Así le tocó, lo tiene que hacer para ayudar a su casa’”.

Cada escuela debe identificar niños que se vean en problemas por sus situaciones familiares. Y avisarle al CAPEP para que brinde ayuda. Pero en la mayoría, esto no ocurre.

Las jornadas diarias que Alizeé pasa en la calle con su madre, le están determinando su futuro, dice Irma Gómez, la psicóloga de niños del Hospital General de México. La niña está siendo orillada a “tomar responsabilidades, compromisos y obligaciones que no corresponden al nivel de desarrollo de su edad cronológica”.

“Alizeé puede volverse una mujer adulta sin niñez”, explica.

Alizeé es una niña lista. Tiene que dar shows cada día frente a extraños y no tiene vergüenza. Pero Gómez dice que la calle sobre estimula socialmente a los niños y deja huecos en cuanto a otros elementos importantes para su crecimiento emocional. También existen los riesgos por accidentes o violaciones sexuales. “Lo que le puede pasar es que termine como su madre: con tres hijos siendo aún joven, y sin trabajo, además de un marido improductivo que no aporte a la manutención familiar”, dice.

El salón de kínder de la profesora Alma está decorado con los dibujos y trabajos de sus 25 estudiantes. “Mi mamá corta el pelo”, afirma Valeria, al preguntarle la maestra por el oficio de sus padres. “La mía vende fruta muy rica en el mercado”, secunda Azul. Brandon añade: “Mi mamá hace comida y la vende”. Cuando llega el turno de Alizeé, dice: “Mi mamá es payaso y yo también, trabajamos juntas en la calle o en el Metro y nos pintamos de colores”.

Los niños ponen cara de sorpresa: “Wow, está bien padre su trabajo”, grita Emiliano, un niño que hasta ahora nunca le había dirigido la palabra.

Días después, la mamá de Alizeé es invitada especial dentro del salón de clases. Lima Limita Limón, como hace llamarse, entra al salón sonriendo como nunca antes. Saluda a los niños sentados en el suelo. En voz grave, comienza.

—¿Cuál es el colmo de un enanito?

—Que vaya manejando un coche y que un policía le diga: “¡Alto!”

Los niños carcajean.

Alizeé y su madre son, al menos por hoy, unas estrellas.

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